lunes, mayo 4, 2026
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    ORAC, Montagud y Coque firman en Barcelona una velada sublime donde el lujo se expresa a través del diseño y la alta cocina

    Hay veladas que se disfrutan y otras que se quedan a vivir en la memoria. Lo que ocurrió en Barcelona entre Orac Experience Center y el universo íntimo de Montagud perteneció a esa segunda categoría: una experiencia concebida desde el detalle, la sensibilidad y la certeza de lo irrepetible. Una noche para mirar, escuchar, saborear y entender que el lujo verdadero no siempre se explica: a veces, simplemente sucede. Y sucedió con la naturalidad de lo extraordinario.

    Todo comenzó en ORAC Experience Center, en la calle Rosselló 229, un espacio donde tecnología, innovación y diseño no conviven como conceptos abstractos, sino como una experiencia física, sensorial y envolvente. Más que un showroom, el universo ideado por The Room Studio se despliega como una secuencia escenográfica pensada para transformar la percepción del visitante desde el primer paso.

    La bienvenida llegó en “The Cave”, una primera estancia de formas redondeadas y sinuosas, casi orgánicas, que remitía a una visión contemporánea del imaginario gaudiniano. Revestida en tono nude, con molduras que evocaban nubes y una acústica suavemente amortiguada, aquella sala introducía al invitado en otra frecuencia. Había algo hipnótico en esa primera impresión, como si el espacio quisiera advertir que la noche no iba a responder a ninguna lógica convencional.

    © Xavi Olmos. Cortesía de Montagud. Todos los derechos reservados.

    Después llegó la Sala de Exposiciones, la estancia que en mi recuerdo permanece como aquella “sala egipcia” que se abría poco a poco, casi ceremonialmente, para revelar el universo Orac. Cajones, troqueles retroiluminados, molduras, cornisas icónicas, pantallas de gran formato y una puesta en escena de efecto “wow” componían un recorrido donde lo clásico y lo innovador dialogaban sin estridencias. Todo estaba medido para demostrar que, en manos precisas, un detalle arquitectónico puede cambiar por completo la emoción de un espacio.

    La tercera fase del recorrido nos condujo a la sala inmersiva, un ágora contemporánea bañada en verde monocromático, con proyecciones mapping, barra central revestida con producto ORAC y unas gradas que recordaban a un anfiteatro. Allí el espacio dejaba claro su carácter polivalente: podía ser cocina, presentación, encuentro o conversación. Podía ser todo a la vez. Incluso los baños, cubiertos de espejos, introducían una nota lúdica y sofisticada a través de trampantojos visuales y sonidos inesperados. En ORAC, incluso el gesto más pequeño parecía estar pensado para dejar huella.

    © Xavi Olmos. Cortesía de Montagud. Todos los derechos reservados.

    Más arriba, las oficinas revelaban otra cara de la firma: la calma. Beige, serenidad, orden, integración sutil del código cromático de la casa. Y finalmente apareció “Le Club”, ese apartamento ORAC concebido para hacer sentir al invitado como en un refugio privado de estética impecable. Tonos neutros, contrastes negros, una atmósfera serena y una terraza luminosa que rendía homenaje a Barcelona terminaban de dibujar una narrativa coherente y sofisticada. Allí quedó claro que ORAC no quería enseñar producto, sino mostrar una manera de habitar el diseño.

    Pero aquella noche no terminaba en la arquitectura. Apenas estaba preparando el terreno para lo que vendría después.

    © Xavi Olmos. Cortesía de Montagud. Todos los derechos reservados.

    Desde allí nos trasladamos a Montagud, donde el relato cambió de escenario sin perder intensidad. Si en ORAC el lenguaje era el del interiorismo y la materia, en Montagud entrábamos en el territorio de la emoción compartida, de la mesa como lugar de encuentro y de la gastronomía como acto cultural. Porque si algo saben hacer Ana y Javi, anfitriones y alma de Montagud Editores, es convertir una convocatoria en una experiencia con identidad propia.

    Y eso es, precisamente, lo que distingue a Montagud. No se limita a reunir invitados: crea relaciones. Entre perfiles, entre disciplinas, entre sensibilidades. En aquella noche se mezclaron voces de la gastronomía, la arquitectura, el interiorismo, la creación de contenido y el universo cultural con una naturalidad poco frecuente. Había invitados llegados de distintos puntos de España, nombres conocidos y una sensación compartida: todos sabíamos que estábamos dentro de algo que no volvería a suceder de la misma manera.

    © Xavi Olmos. Cortesía de Montagud. Todos los derechos reservados.

    No era casual. Montagud, editorial fundada en 1906 y referente absoluto de la alta cocina internacional, lleva más de un siglo editando la excelencia gastronómica y acercándose al talento desde la autoridad, el criterio y la pasión. Que un espacio así, testigo del talento de más de cien estrellas Michelin, acogiera una velada firmada por Mario Sandoval, chef de Coque y poseedor de dos estrellas Michelin, tenía todo el sentido del mundo.

    La cena fue mucho más que una sucesión de platos. Fue una crónica en tiempos, texturas y relatos. Tuvimos el privilegio de ver a Mario Sandoval cocinar delante de nosotros, en esa proximidad casi hipnótica que convierte la técnica en espectáculo silencioso. Sus preparaciones, vistas a escasos metros, adquirían una dimensión distinta: el gesto, la precisión, el ritmo, la concentración. Pocas cosas resultan tan seductoras como contemplar a un gran cocinero trabajando sin artificio, dejando que el producto y el oficio hablen por él.

    © Xavi Olmos. Cortesía de Montagud. Todos los derechos reservados.

    El menú avanzó como una partitura de conceptos y emociones. Desde la almeja con godello, chalota y piparra, pura precisión elegante, hasta la galantina con uva, polifenoles y nuez, donde la tradición se reinterpretaba desde una mirada contemporánea. El toro bravo con mostaza, rabo de toro y encurtidos aportó profundidad y carácter; el guisante lágrima con vaina y mole verde puso sobre la mesa una delicadeza casi esencial; el pistacho con sopa de curry, helado y caviar Osetra abrió un territorio de sorpresa y creatividad; el chipirón y calamar con tinta y puntillita elevó la aparente sencillez hasta la sofisticación; la ventresca de atún Balfegó habló de origen y legado; y el cochinillo en versión bocata, con piel y lechuga viva, condensó memoria, técnica y emoción en un solo bocado.

    En la parte dulce, la velada encontró un cierre a la altura: roca de miel con queso fresco y pera flambeada, seguida por una torrija de chocolate de la fábrica de San Lorenzo de El Escorial que celebraba el origen desde una mirada creativa. Y después, como ocurre en las grandes noches, llegaron los cócteles de despedida, porque algunas conversaciones merecen un último capítulo antes de apagarse.

    © Xavi Olmos. Cortesía de Montagud. Todos los derechos reservados.

    Pero si la cocina brilló, el maridaje no fue en absoluto un elemento secundario. Al contrario: se construyó como un segundo lenguaje, autónomo y con personalidad propia. David Alejandro Villalba, sommelier de Kamikaze Barcelona, restaurante distinguido con una estrella Michelin, hizo magia copa a copa. Cada plato tuvo su correspondencia exacta, su eco líquido, su contrapunto o su prolongación. Y lo hizo, además, explicando cada selección con inteligencia, sensibilidad y una inventiva admirable.

    La Manzanilla Pasada Balbaina Alta, la sidra de ánfora Maite-su 2023, el HIKA B119 Basque Barrel Fermented White Wine 2019El Bufón Garnacha o el dulce Clos Figueras Sweet 2023 fueron apareciendo como capítulos de un discurso perfectamente hilado, en el que la gastronomía española y su diversidad se leían desde una mirada sofisticada, valiente y nada complaciente. Alejandro no acompañó la cena: la narró desde el vino.

    © Xavi Olmos. Cortesía de Montagud. Todos los derechos reservados.

    Y quizá ahí residió una de las claves de la noche. Tanto Mario Sandoval como Alejandro fueron explicando, en cada fase, la historia de cada producto, el porqué de cada decisión, la lógica íntima de cada creación. Esa voluntad de compartir el proceso convirtió la cena en algo todavía más valioso: asistíamos a una experiencia gastronómica y a una conversación viva entre cocina, vino, arquitectura y sensibilidad estética.

    Todo cobraba aún más sentido al recordar que ORAC había intervenido en la creación y acondicionamiento del espacio de Montagud. De algún modo, aquella noche unía dos mundos que ya estaban destinados a encontrarse: el de una firma que entiende cada superficie como un lienzo en blanco y el de una casa editorial que ha hecho de la excelencia gastronómica su razón de ser. ORAC y Montagud no solo colaboraban: dialogaban. Y en medio de ese diálogo, la cocina de Coque actuaba como lenguaje común.

    © Xavi Olmos. Cortesía de Montagud. Todos los derechos reservados.

    Hubo algo profundamente emocionante en esa convergencia. La arquitectura interior acompañaba sin imponerse. Las texturas, los volúmenes, las líneas y la atmósfera no competían con la mesa, sino que la elevaban. Como en la alta cocina, la excelencia aparecía en la precisión, en el respeto por los materiales, en la capacidad de transformar lo esencial en algo extraordinario.

    A lo largo de la noche, mientras los perfiles se mezclaban, las conversaciones fluían y el tiempo se deshacía con una rapidez extraña, se hizo evidente que estábamos ante una de esas veladas que explican por qué ciertas experiencias no admiten repetición. Mario Sandoval lo dijo con claridad: fue una noche efímera. Y precisamente por eso quedó grabada con más fuerza. Porque hay encuentros que se sostienen en la belleza de saber que ocurren una sola vez.

    © Xavi Olmos. Cortesía de Montagud. Todos los derechos reservados.

    Eso fue esta cita firmada por ORAC x Montagud x Coqueun ejercicio de sensibilidad contemporánea, una celebración del diseño, la gastronomía y la capacidad de convocar a las personas adecuadas en el lugar exacto. Una de esas noches que, mientras están sucediendo, ya empiezan a convertirse en recuerdo.

    Y así, entre molduras que parecían esculpir la luz, copas servidas con relato y platos construidos desde la emoción, Barcelona vivió una de esas escenas que justifican el lujo cuando el lujo deja de ser exhibición y se convierte en experiencia. Una noche mágica, irrepetible y bellamente fugaz.

    © Xavi Olmos. Cortesía de Montagud. Todos los derechos reservados.

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