El Veracruz recupera el gusto por la cocina catalana de siempre en el corazón de Barcelona

Hay días en Barcelona en los que la agenda apenas deja tiempo para sentarse a la mesa. Entre reuniones, presentaciones y compromisos, encontrar un restaurante donde se cocine bien, el producto sea protagonista y el trato resulte cercano puede convertirse en un pequeño lujo cotidiano. El Veracruz es uno de esos lugares que merece la pena tener en el radar.

Gerard Sans Roca apuesta por el recetario catalán en un espacio con décadas de historia y una filosofía basada en el buen producto

En una ciudad en constante movimiento, especialmente en el Eixample, no siempre resulta sencillo encontrar ese restaurante al que acudir a mediodía para disfrutar de una comida sin complicaciones, pero preparada con el mismo cariño que recordaríamos de las cocinas de nuestras madres y abuelas.

Precisamente esa es la esencia de El Veracruz, un restaurante que abrió sus puertas en noviembre de 2025 con una propuesta tan sencilla como atractiva: recuperar los sabores de la cocina catalana tradicional, respetar el producto y conseguir que cada comensal se sienta bien recibido.

Detrás del proyecto encontramos a Gerard Sans Roca, barcelonés criado en el Eixample y formado en la prestigiosa Escuela Hofmann. Tras desarrollar su trayectoria como jefe de cocina en distintos restaurantes reconocidos de Barcelona, decidió emprender un proyecto propio que le permitiera recuperar una manera de entender la restauración basada en el oficio, la proximidad y un ritmo de trabajo más consciente.

Su mujer, Leonor Gawron, también ha desempeñado un papel importante en la concepción de este proyecto, que nace con la voluntad de convertirse en uno de esos establecimientos a los que apetece regresar.

© El Veracruz. All rights reserved.

Un restaurante con historia y una curiosa conexión con la abogacía barcelonesa

Uno de los aspectos más interesantes de El Veracruz es precisamente su historia. El local conserva la personalidad de un establecimiento que formó parte de la vida cotidiana del barrio durante décadas.

Después de casi dos años buscando el espacio adecuado, Gerard encontró la oportunidad de hacerse cargo de un restaurante que sus anteriores propietarios habían regentado durante cerca de cuarenta años. Y decidió conservar buena parte de su identidad.

La característica barra de aluminio, el mobiliario original y algunos detalles decorativos permanecen prácticamente intactos, manteniendo esa atmósfera que hoy resulta cada vez más difícil encontrar en el centro de Barcelona.

En una Barcelona que nunca se detiene, El Veracruz recupera el placer de sentarse a la mesa y disfrutar de la cocina catalana de siempre

La intervención de Pelusa Studio se ha centrado en actualizar discretamente la iluminación y algunos elementos del espacio, mientras que la identidad gráfica, creada por el ilustrador barcelonés Juanjo Sáez, incorpora un contrapunto contemporáneo.

Pero hay un detalle especialmente curioso. Por su proximidad al Colegio de Abogados, el establecimiento fue durante años un punto de encuentro habitual de letrados y profesionales del ámbito jurídico barcelonés.

Un vínculo que todavía conserva una pequeña huella: en uno de los baños permanece una antigua orla de la Facultad de Derecho de la Universitat de Barcelona, un recuerdo de aquella época que forma parte de la historia del local.

Son precisamente esos pequeños detalles los que aportan personalidad a El Veracruz y permiten entender por qué determinados espacios siguen formando parte de la memoria de una ciudad.

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Cocina catalana, producto de proximidad y platos que siempre apetece recuperar

La propuesta gastronómica de Gerard Sans Roca tiene una dirección clara: cocina catalana tradicional, elaborada al momento y sin artificios innecesarios.

El restaurante cuenta con el sello Slow Food y trabaja fundamentalmente con proveedores locales, seleccionados por la calidad y procedencia de sus productos.

El pescado y el marisco llegan de Mauri Pentinel, en el Mercat de la Concepció; las carnes, de Cal Tomàs; el bacalao, de Perelló, en el Mercat del Ninot; y los huevos, de Calaf, entre otros productores que forman parte de esta red de proximidad.

Una filosofía que también se refleja en una carta deliberadamente contenida, con especialidades que recuperan algunos de los grandes clásicos de nuestra gastronomía.

© El Veracruz. All rights reserved.

Entre los imprescindibles encontramos la tortilla de patatas preparada al momento y el bacalao a la llauna. Pero son los platos de cuchara y las recetas tradicionales los que mejor representan la personalidad de El Veracruz.

La zarzuela de pescado y marisco, preparada con gambas, almejas, mejillones, merluza y rape, es una de esas elaboraciones que merecen disfrutarse sin prisas. También destacan el fricandó, el cap i pota y la escudella barrejada, que aquí se sirve durante todo el año, incluso cuando las temperaturas invitan a propuestas más ligeras.

Una barra con décadas de historia, proveedores de proximidad y recetas que saben a casa: así es la filosofía gastronómica de Gerard Sans Roca

La carta se complementa con los tradicionales esmorzars de forquilla y un plato del día que puede incluir desde una fideuá o un arroz a la cazuela hasta unas lentejas o unos macarrones preparados siguiendo el recetario popular.

Y como toda buena comida merece un final a la altura, dos recomendaciones para los amantes de los postres clásicos: la tarta de whisky y el xuixo de crema.

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La selección de vinos también mantiene ese vínculo con el territorio, con referencias de distintas denominaciones de origen catalanas y un pequeño guiño francés: el champagne Taittinger, para quienes disfrutar combinando cocina popular y una copa de burbujas.

Otro de los grandes valores del restaurante es el servicio. Eric Bundagan, al frente de la sala, y Marcos Costa, que acompaña a Gerard en cocina, forman parte de un equipo que apuesta por la atención personal y el trato cercano.

Porque, al final, hay algo especialmente agradable en descubrir un restaurante donde no hace falta una ocasión extraordinaria para disfrutar de una buena mesa. Y quizá ahí resida precisamente su mayor atractivo: en recordarnos que, incluso entre una reunión y otra, siempre debería haber tiempo para comer bien.

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