Durante décadas, la cirugía estética estuvo inevitablemente ligada a determinados cánones. Rostros, cuerpos y narices respondían a modelos reconocibles que, con el tiempo, acababan también revelando la época en la que habían sido intervenidos. Hoy el paradigma parece ser otro. La sofisticación ya no está tanto en transformar como en conseguir que el cambio apenas pueda percibirse.
Es precisamente ahí donde se sitúa la filosofía del Dr. Ramón Tarragona, cirujano plástico, reparador y estético de Institución Gournay, especializado en rinoplastia avanzada, de preservación y secundaria. Su principio resulta aparentemente sencillo: si algo funciona, no se toca. Detrás, sin embargo, existe una concepción de la cirugía basada en preservar anatomía, limitar la intervención a aquello que realmente necesita ser modificado y entender la nariz no como una estructura aislada, sino como parte de una identidad.
Para el Dr. Tarragona, una buena rinoplastia debe cumplir tres condiciones: preservar la función respiratoria, conseguir un resultado natural y, finalmente, hacer que el paciente se sienta satisfecho. Una perfección técnica que no cumple esas tres premisas deja de ser, en su opinión, un resultado exitoso.
Hablamos con él sobre el final de las narices estandarizadas, la influencia de las redes sociales, la importancia de saber decir que no y uno de los territorios más complejos de la cirugía facial: la rinoplastia secundaria.

Durante muchos años la cirugía estética parecía perseguir determinados cánones de belleza. ¿Estamos entrando en una etapa en la que buscamos menos la perfección y más aquello que nos hace únicos?
Creo que estamos huyendo bastante de los cánones establecidos. Cada época tiene sus modas y la moda, por definición, es temporal. Ahora buscamos algo más atemporal, que no pase de moda.
Hubo épocas en las que se buscaban resultados mucho más exuberantes: narices muy respingonas, reducciones excesivas del dorso, implantes muy grandes… Eran resultados que acababan teniendo un aspecto claramente quirúrgico.
Hoy creo que nadie quiere parecer operado. La cirugía estética sirve para verte mejor y, a partir de ahí, sentirte mejor. Aunque actualmente esté completamente normalizado decir que uno se ha realizado un procedimiento, conseguir que el resultado pase desapercibido aporta una tranquilidad que mucha gente busca.
Estamos alejándonos de los resultados artificiales y de las grandes transformaciones para acercarnos más al retoque, al pequeño cambio.
Usted defiende una idea muy interesante: “si algo funciona, no se toca”. ¿Cómo se traduce esta filosofía cuando trabaja sobre algo tan determinante como la nariz?
Existen diferentes filosofías a la hora de realizar una rinoplastia. En Europa, por ejemplo, son muy frecuentes las rinoplastias de reducción: convertir una nariz grande en una nariz más pequeña.
Dentro de ellas existe una técnica clásica, en la que se reseca parte del dorso y posteriormente se reconstruye, y existe otra filosofía, que es la rinoplastia de preservación.
En preservación tratamos de mantener intacto el dorso de la nariz. Podemos trabajar por debajo, a nivel del septo y de los huesos laterales, y conseguir que una superficie convexa se transforme en una superficie más plana sin alterar esa anatomía dorsal.
Pero la preservación ha evolucionado todavía más. La nariz no es únicamente hueso y cartílago: también existe tejido blando, piel, ligamentos… Ahora tendemos cada vez más hacia despegamientos limitados.
Hay una máxima en cirugía: aquello que no despegas, aquello que no abres, el organismo no tiene que hacer un esfuerzo biológico para cicatrizarlo. De ahí viene esa idea: si algo funciona y está bien, no lo toques.
Cada vez hablamos más de resultados naturales, prácticamente imperceptibles. ¿Qué hace que una rinoplastia esté realmente bien hecha?
La belleza es subjetiva. Lo que a mí me parece bonito quizá a otra persona no se lo parezca. Pero para mí una rinoplastia bien hecha debe cumplir tres cosas.
La primera es que la nariz respire bien. No debemos olvidar que la nariz tiene una función. No es únicamente un elemento estético.
La segunda es que se vea natural, que la gente no identifique inmediatamente que es una nariz operada.
Y la tercera, que para mí es fundamental, es que el paciente esté contento. Puedes creer que técnicamente has hecho algo perfecto, pero si el paciente no respira bien o no está satisfecho, no puedes hablar de éxito.
Cuando una persona consigue mejorar aquello que le preocupaba, se siente mejor y puede olvidarse finalmente de ese complejo, entonces sí considero que la cirugía ha sido un éxito.

Cuando analiza un rostro por primera vez, ¿hasta qué punto estudia la nariz de forma independiente y hasta qué punto la entiende como parte de toda la armonía facial?
Hay que buscar siempre un resultado en consonancia con el resto de la cara. Incluso diría que debe estar en consonancia con el carácter de esa persona.
A veces, como cirujano, puedes estar en quirófano intentando conseguir la nariz que técnicamente te parece más bonita y tienes que detenerte y pensar: “Espera, esta nariz quizá no corresponde a esta persona”.
Porque no estamos operando narices. Estamos operando personas.
Una persona con una cara muy estrecha y alargada quizá necesite que su nariz conserve cierta longitud y un dorso más recto. En un rostro más redondo y corto puedes permitirte otras proporciones.
Aunque alguien no sepa absolutamente nada de cirugía, de proporciones o incluso de historia del arte, todos tenemos cierta capacidad para detectar cuándo algo está equilibrado y cuándo algo, sencillamente, nos chirría.
El objetivo es que esa nariz funcione dentro de ese rostro y que el resultado siga pareciendo natural.
¿Existe todavía una “nariz de moda” o precisamente la tendencia actual consiste en alejarnos de modelos estandarizados?
Siempre existirán modas y gustos personales. También influye mucho la edad.
Los pacientes más jóvenes pueden buscar resultados algo más marcados o llevar determinadas características más al límite. Son generaciones que han crecido con internet y con Instagram, y evidentemente existe una influencia de todo lo que ven en redes sociales.
El problema es que lo que vemos en redes es solo una parte de la realidad. Todos enseñamos la fotografía en la que nos vemos mejor.
En pacientes algo mayores percibes normalmente una mayor moderación: piden ser más prudente con la punta, no reducir demasiado el dorso, buscan otro tipo de resultado.
En décadas anteriores vimos narices con dorsos excesivamente bajos o puntas muy pinzadas. Creo que existe cierta reacción frente a aquello y que estamos volviendo hacia resultados más naturales.
Y hay otra cuestión fundamental: la nariz está en el centro de la cara. No puedes esconderla.

Acaba de poner en marcha una unidad especializada en rinoplastia secundaria y cirugía nasal compleja. Para quien no conozca este ámbito, ¿qué es exactamente una rinoplastia secundaria?
Una rinoplastia secundaria es una rinoplastia realizada sobre un paciente que ya ha sido operado anteriormente. Puede ser su segunda intervención o la décima; a partir de una primera cirugía previa hablamos ya de rinoplastia secundaria o, como se denomina en inglés, revision rhinoplasty.
La idea de crear esta unidad surge precisamente de querer ayudar a personas que han tenido una mala experiencia o un mal resultado y que, en ocasiones, han llegado a escuchar que su problema ya no tiene solución.
Que un cirujano concreto no pueda solucionar algo no significa necesariamente que no exista una solución.
Hay pacientes que necesitan una nueva intervención porque tienen dificultades respiratorias; otros presentan alteraciones estructurales o estéticas importantes y existe también un grupo de pacientes con problemas menores que desean mejorar algún detalle.
Pero técnicamente es una cirugía muy diferente de una rinoplastia primaria. En muchas primeras intervenciones estamos fundamentalmente reduciendo. En una secundaria, en cambio, a menudo tenemos que reconstruir.
Puede ser necesario recuperar una estructura que se ha perdido y, en determinados casos, utilizar cartílago de otras zonas del propio paciente, como la costilla o la oreja. Por eso requiere una formación y una experiencia muy específicas.
Imagino que muchos de estos pacientes llegan después de una experiencia difícil y con miedo a volver a operarse. ¿Cómo se recupera esa confianza?
Con comunicación, honestidad y sinceridad.
Son pacientes que muchas veces llegan escarmentados y que, precisamente por haber tenido una experiencia anterior, investigan mucho más: quién les va a operar, cuál es la formación del médico, cuál es su especialidad, qué resultados tiene…
Creo que también hay que ser muy rigurosos con la manera de mostrar nuestro trabajo. El marketing puede ser muy engañoso. Si enseñas resultados, tienes que enseñarlos de manera científica y honesta, con fotografías comparables y diferentes vistas.
Estos pacientes llegan con los deberes mucho más hechos. Pero eso también provoca que sus expectativas puedan ser muy elevadas, precisamente en una cirugía que es más compleja que la primera.
Ahí el médico tiene que ser capaz de ajustar esas expectativas.
Yo siempre digo algo: hay que acostumbrarse a prometer menos y dar más. Si haces lo contrario —prometer más y después dar menos— vas a tener un problema.
Hay que explicar hasta dónde creemos que podemos llegar. Si el paciente solo aceptaría un resultado absolutamente perfecto y sabemos que quizá no podamos conseguirlo, mi recomendación es que no se opere.
En cirugía secundaria hay estructuras que podemos reconstruir y problemas que podemos mejorar muchísimo, pero también pueden existir cicatrices o alteraciones de los tejidos que no podemos devolver exactamente a su estado previo. Hay que decirlo.

En cirugía estética también debe ser importante saber decir que no. ¿Cómo gestiona las expectativas cuando lo que desea el paciente no es recomendable o no puede conseguirse?
Si prometes algo que sabes que no puedes conseguir, estás engañando al paciente.
Los problemas aparecen cuando no hay comunicación y cuando no hay honestidad. El médico debe explicar qué sabe hacer, cuál es su experiencia, enseñar casos similares y explicar hasta dónde cree que puede llegar.
A partir de ahí, la decisión pertenece al paciente.
Hay que formarse continuamente, compartir casos con compañeros, asistir a congresos y hacer todo aquello que profesionalmente esté en tu mano. Pero también hay que saber reconocer cuáles son los límites.
También habla de la importancia de que exista un “click” entre médico y paciente. ¿Qué debería buscar una persona antes de confiar algo tan personal como su rostro?
Primero tiene que informarse de quién es ese profesional: cuál es su especialidad, de dónde viene, cuál es su formación.
En rinoplastia, y especialmente en rinoplastia secundaria, creo que es muy importante tener un background reconstructivo porque estamos hablando de una cirugía facial muy compleja.
Al final estás confiándole tu cara a esa persona.
Pero además tiene que existir una conexión. Cuando un cirujano opera a alguien, ese paciente no es un número que sale por la puerta del quirófano y desaparece. Es un paciente al que has operado y que volverá a ti si tiene una duda o si en algún momento surge un problema.
Por eso digo que, de alguna manera, es casi un matrimonio. Tiene que existir una mínima conexión y una buena comunicación.
Si te gusta mucho el trabajo de un cirujano pero no existe ningún entendimiento personal entre vosotros, probablemente sea mejor no operarse con esa persona.
Y al contrario: si no te gusta absolutamente nada de lo que hace un cirujano, tampoco intentes cambiar su manera de operar. Es más fácil cambiar de cirujano.
Para terminar, ¿hacia dónde cree que se dirige la cirugía estética facial? ¿Veremos intervenciones cada vez menos evidentes y más orientadas a preservar nuestra identidad?
Nadie lo sabe, pero a mí me gustaría pensar que vamos hacia resultados más naturales.
Creo que avanzamos más hacia el pequeño retoque que hacia las grandes transformaciones.
Si hablamos, por ejemplo, de rejuvenecimiento facial, quizá a una persona le moleste especialmente una determinada zona. ¿Por qué tenemos que cambiar toda su cara?
Puedes tratar aquello que realmente le preocupa y mantener el resto. Tener determinadas señales del paso del tiempo también forma parte de envejecer.
No creo que el objetivo tenga que ser transformar completamente a una persona hasta que deje de reconocerse.
Me gustaría pensar que estamos yendo hacia el retoque, hacia el refinamiento y no hacia las grandes transformaciones.
Dr. Ramón Tarragona Fernández es cirujano plástico, reparador y estético de Institución Gournay, con especial dedicación a la rinoplastia avanzada, la rinoplastia de preservación y la rinoplastia secundaria. Formado en la Universidad de Barcelona, el Hospital Clínic de Barcelona y el Hospital de Cruces de Bilbao, cuenta con acreditación europea EBOPRAS y ha ampliado su formación internacional en centros de Bélgica, Reino Unido y Brasil. Actualmente, la cirugía nasal constituye el principal foco de su práctica profesional.


